Y a ti te abrí todas, absolutamente todas, las puertas y ventanas. Incluso te di las llaves para que luego de un viento brusco o tornado volvieras.
Soporté tantas cosas insoportables, olvide tus insultos inolvidables, calle tus secretos incontables.
Pero tú, como buen traicionero, te fuiste, llevándote todo cuando menos lo esperaba. Me clavaste el cuchillo más filudo; sí, ese que también yo te dí.
Me dejaste vacía, sola, sin nada excepto una gran herida, mucha sangre y mi alma partida en dos.
Recuerdo que te detuviste un rato a observar tranquilamente como moría, y luego sin más te fuiste.
Solías volver de rato en rato a ver como seguía; y, aunque lo niegues, te encantaba verme ahí tirada, en el mismo lugar donde me dejaste, con la herida aún sangrante y mi cuerpo a tus pies.
Sin embargo, un día me cansé. Por fin.
Decidí cerrar todas las entradas, hasta la puerta falsa y la subterránea. Clavé maderas a cada una y sellé cada hueco libre con cemento por si alguna vez se me ocurría volver a abrirte.
De lejos escuché como golpeabas todo para volver, gritabas, suplicabas y pedías perdón. Tu y yo sabíamos que era tarde.
Sabía que te aburrirías y te irías.
Y así fue.
No hay comentarios:
Publicar un comentario